Wednesday 22 february 2012 3 22 /02 /Feb /2012 22:00

La vida es una gran cocina mental

 

Auténticos cocineros de un día, buscamos en nuestros recuerdos infinidad de rasgos, vivencias o sencillamente risas y posturas aparcadas en la fidelidad de todos los días.

Estos recuerdos nos van conformando como si fuéramos una gran chatarrería espacial puesta en venta en los días de luna llena.

 

De vez en cuando, estos recuerdos se tuercen y la melancolía baña de forma culpable los salones y busca en medio de algunas lágrimas cristalizadas un rosario de palabras que nunca fueron inventadas.

Podemos estar tristes para mañana estar alegres nuevamente, y así sucesivamente, igual que se sucede el tiempo -que no se sucede realmente, sólo nos lo parece - nos vamos sucediendo a nosotros mismos y como en diferentes capas alternadas en los estratos geológicos, esta trama que somos cada uno de nosotros nos supera maravillosamente.

Estamos hechos de tantos "nosotros mismos" que apenas nos conocemos, ya que nos sucedemos vertiginosamente cada día. Nos sucedemos sin compasión.

 

A veces, más que sucedernos nos transcendemos. Sé que es difícil de entender, pero ocurre a veces.

En nuestra gran cocina mental, los guisos se pueden hacer con mucho amor, y los platos tienen un gusto especial que hace que nuestros comensales disfruten de la conversación de una forma diferente o sencillamente duerman con alegría en la ociosidad de sus sueños.

Yo ahora mismo, mientras te escribo, me intento transcender un poco y subo torpemente las escalera de la memoria para buscar tu sonrisa en los armarios sedimentados de la amistad, o bajo a la humedad de las bodegas para buscar los mejores caldos que nos disfrutaron alegremente en aquellos desiertos nunca inventados para el futuro vestido de cordura. Sólo la locura ha podido crear dioses en los desiertos y poetas en la pobreza.

 

Pero últimamente, esta travesía impuesta nos está vaciando los armarios y las existencias de recuerdos se nos van acabando. Yo sé que las sonrisas y los momentos que tanto conocemos permanecen en nuestros salones y en tus desiertos, pero ya no encuentro aquellos sirocos indomables en estos huesos castigados por la tristeza.

Algo está fallando, a pesar de que el cónclave de cocineros se reúne todos los días y mueve con energía los brazos y ordena recetas en la apertura de las mañanas.Todos los días entra por los ventanales de las grandes cocinas una luz blanca de esperanza que lo inunda todo, que dora los fogones y riega las salsas de condimentos no conocidos hasta el momento.

Probamos los guisos, intercambiamos combinaciones como si fuéramos alquimistas poseedores de la fórmula de la eterna juventud, y al final, como si fuéramos niños en los patios colegiales sabemos que alguien se llevará el secreto bien guardado y todo habrá cambiado por un día. El que tenga la gran formula del día será el triunfador. No hay princesas aquí, pero sí la presunción de ser príncipe un día en el circo de la juventud.

 

Ya sé que parece imposible, pero el único material que nos va quedando es la esperanza, y hemos descubierto que según como la lancemos en las sartenes o la compongamos en las cacerolas, surgen platos y gustos hasta ahora nunca vistos. Es sorprendente, pero todo es una sorpresa últimamente.

 

Así que tus cocineros, vamos adelgazando al mismo tiempo que el corazón se va inflamando y un río de esperanza cruza en la caída de la tarde el vacío de las cocinas y se sumerge en el sueño de los salones.

 

Es sorprendente que el olvido no nos haya comido todavía y sigamos como el primer día, agitando brazos y cocinando esperanza.

 

A veces, me quedo hasta la madrugada limpiando las mejores cacerolas y te imagino entrando por la gran puerta de esta cocina monumental diciendo aquello de "cómo le va a mi albertillo", como tantas y tantas veces.

 

Lo sé, son todo imaginaciones y tonterías, pero lo que nos está pasando es terriblemente real y sólo este río de esperanza que crece de forma irremediable nos mantiene despiertos y latentes todos los días.

 

No podemos caer en la indiferencia de todos los días y ser indiferentes también a vuestro recuerdo.

Sólo la palabra, que vuela por tuberías imposibles de imaginar y se posa cada noche en el rellano de tu sonrisa, nos une de todas las formas posibles e imaginables.

 

A vosotros tres, un gran abrazo desde el aire seco de los desiertos que nos unen.

 

Como todas las tardes en Rabuni, un beso en la frente y mi bendición.

 

Alberto Jiménez

Mongo, 22 febbraio 2012

 

Di f.u.
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